Positividad mal entendida

Uno también tiene su corazoncito y tal vez por eso se me cayeron dos lagrimones cuando leí la historia de Paul Moore en gran parte de los periódicos del país. Este hombre norteamericano de 36 años, casado y con dos hijas de 5 y 3 años, acudió el pasado mes de febrero a emergencias porque sufría de un quiste acompañado de tirones musculares en el hombro y en el cuello. El diagnóstico no pudo ser más feroz: más de 40 tumores distribuidos por todo su cuerpo amenazaban su vida. El pasado mes de agosto le vaticinaron que no llegaría a octubre. Afortunadamente, se han equivocado por el momento. Sería comprensible que ante una situación tan grave uno se hundiera en la miseria y dejara de tener ganas de vivir, incluso que se rebelara contra la enfermedad y luchara incansablemente negándose a la evidencia, pero ninguno de estos ha sido el caso de Paul. Con una serenidad pasmosa ha aceptado estoicamente que se va a morir y está preparándose para ello: escribe cartas a sus hijos para cuando ya no esté, es consciente de que no le queda mucho tiempo y dice aprovechar al máximo lo que le queda.

Lo que me parece que convierte a este hombre en un ser especial es que pese a todo ello, ha sabido encontrar el verdadero significado de la palabra “positividad”. Afronta sus últimos días con valentía y ha conseguido que sus palabras den la vuelta al mundo: “Por favor, dejad de perder el tiempo con pensamientos negativos. Cambiad la perspectiva, a mí me ha funcionado. Hay muchas personas buenas a su alrededor. He tenido que eliminar los malos pensamientos y los he reconducido por otro camino. Vosotros también podéis hacer esto.”

Cualquier médico estaría de acuerdo con que afrontar una enfermedad terminal con positividad puede aumentar la esperanza de vida del paciente. Claro que es fácil decirlo y más complicado de hacer. Yo tuve mi etapa, hace unos años, de tratar de ser positivo ante las circunstancias, y lo único que conseguí fue ser más infeliz porque cuando vivía una situación desagradable para mí o triste, como sabía que debía de cambiar la perspectiva, lo único que hacía era fingir incluso ante mí mismo que estaba feliz, es decir, trataba de ignorar mis emociones y eso me generaba más dolor: por no vivir mi tristeza y por no saber salir de ella.

Desde hace unos meses he comprendido que la positividad no implica ocultar los sentimientos. Si se muere nuestra madre nadie nos podrá convencer de que eso es terrible y hay que vivir esa dramática experiencia intensamente para luego dejarla marchar, porque si la escondes, lo único que consigues es que te acompañe durante mucho más tiempo. La positividad significa que debes ser consciente de que esa emoción pasará y habrá un tiempo mejor, que entiendas que tu madre ya no está y aprendas a reírte con sus recuerdos.

Hace unos años me llamaron de un canal nacional de televisión para hacerme una prueba; después de la entrevista, me aseguraron que era el candidato idóneo y que el puesto sería para mí. Pese a que parecía que estaba ya hecho, yo pensé que podía no ocurrir y que tampoco iba a pasar nada si no lograba el trabajo. Mi entorno cercano me tachaba de pesimista y yo lo explicaba diciendo: Me gusta prepararme para lo peor porque así todo lo que venga será mejor y estaré contento. Y eso, en mi opinión, también es ser positivo. Por mucho que el hombre más optimista del mundo visualice que va a convertirse en el mejor guitarrista, si no tiene cualidades sólo le llevará a la desilusión, a la amargura y a la impotencia. En mi caso, me sirvió para no sufrir demasiado cuando no me dieron finalmente el puesto de trabajo al que optaba.

Por eso ser positivo conlleva analizar todas las posibilidades y prepararse para que el resultado de cualquiera de ellas no nos aboque a la infelicidad, a la insatisfacción y a ser conscientes de que siempre llega la calma tras una tempestad, por mucho que parezca durar.

Y ese es el gran logro de Paul Moore, este hombre anónimo que servirá de inspiración para muchas personas por haber aceptado su muerte, por ver el vaso siempre medio lleno y por aprovechar su tiempo para crear una fundación que ayude a las familias de enfermos terminales, como él. Y tal vez los médicos se equivoquen, -¡Ojalá!-, y viva mucho más tiempo del previsto o quizás no, pero nadie le podrá jamás quitar el hecho de que, como él mismo dice, se considere uno de los hombres más afortunados de la Tierra e incluso se sienta bendecido por tener tiempo para prepararse para el momento de su muerte.

Sin conocer su trayectoria anterior ni su evolución posterior, sólo con saber lo que ha logrado Paul Moore en estos últimos meses puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que su vida ha merecido la pena.

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