No me maltrates, soy tu perro

45 grados centígrados en el exterior. La cifra se multiplica cuando en el interior de un vehículo expuesto a esa temperatura en verano, en la ciudad valenciana de Cullera. Aun así, un hombre coloca a su perrita Barbita en el maletero de ese coche, la encierra y la deja un día entero allí, mientras él tranquilamente se desplaza a Alicante a hacer turismo. La policía alertada por algunos vecinos decide abrir la parte trasera y se encuentra con que Barbita ha vomitado repetidamente sobre sus propias heces, convulsiona y está a punto de una deshidratación severa. Su dueño se enfrenta por ello a un año de cárcel, que no cumplirá porque lo habitual en este país, excepto en casos ejemplificadores como el de Isabel Pantoja, es que los condenados a penas inferiores a 2 años de prisión no entren si no hay delitos previos.

Hace pocos días íbamos caminando en mitad de un pueblo cuando nos encontramos a un par de agentes del Seprona que estaban actuando en una vivienda particular con patio. Frente a nosotros estaban expuestos 4 perros atados con cadenas a una verja sin apenas poder moverse, uno de ellos con evidentes signos de desnutrición. Mi prima, muy sensible a las causas animales, apenas pudo contener las lágrimas y se acercó a ellos para acariciarles, algo que agradecieron con juegos y lametones. Los 2 metros y medio de distancia que debe de haber para que el perro tenga libertad de movimientos, aquí se convertían en una cadena de poco más de un metro. La dueña salió muy sorprendida porque no entendía el problema, estaba acostumbrada a tratar de esa forma a los animales, al parecer.

Supongo que una cualidad intrínseca de la condición humana nos conduce a sentirnos superiores y con más derechos que aquellos que son más vulnerables que nosotros y están a nuestro alrededor. No nos engañemos, cada día mueren millones de animales en el mundo sólo para saciarnos. Nos cuentan que no sufren, que viven bien, y nos lo creemos porque nos viene bien, pero todos somos conscientes de que los pollos son alimentados con productos que propician un crecimiento acelerado en un espacio reducido en el que llegan a atacarse unos a otros cuando se vuelven locos. Yo he visto cómo se acaba con la vida de las vacas y, sinceramente, tengo muchas dudas al respecto de esa afirmación de la que se jactan en los Mataderos, alusiva a la forma indolora con la que mueren. Y más allá de servirnos como alimento, aún mucha gente entiende que es lógico utilizarlos para el ocio, por medio de tradiciones tan obsoletas como El toro de la Vega o las mismas corridas en las plazas donde, por cierto, ofrecen a los toreros el regalo de unos sueldos impensables para el resto de la sociedad gracias a un enfrentamiento supuestamente igualitaria, aunque uno de ellos lleve espada y el otro no.

En este mundo en el que hemos decidido que los animales sean nuestros esclavos, escuchamos atónitos noticias como que los dos canes de José Luis Moreno, aquel que dirigía a los muñecos Monchito, Macario y Rockefeller antes de lanzarse a la producción de series de éxito, están desnutridos, abandonados y con evidentes signos de una prolongada desatención. Por supuesto, el empresario se ha apresurado a negarlo aduciendo que tienen una enfermedad que se llama leihmaniosis y que sus veterinarios lo corroborarán y también se escuda en que la denuncia llega de una venganza por parte de su secretaria, a la que, según parece, ha despedido. El hecho es que al Juzgado Número 6 de Móstoles no debe de haberle parecido suficiente justificación cuando ha decidido abrir diligencias previas contra él por el estado en el que se encuentran los dos chuchos en su vivienda de Boadilla del Monte.

Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y para mí especialmente esos 2 perros cuyo estado lamentable es únicamente responsabilidad de un dueño hundido en billetes de euro, que sin embargo, a la vista de los hechos, no es capaz de destinar la cantidad necesaria a ellos para su manutención.

En 2015 se celebraron un 12,6% más de juicios por maltrato animal que un año antes, pero no se emocionen; esto sólo significa que se alcanzaron 42 causas, en un país de 45 millones de personas, y en este momento la Fiscalía mantiene abiertos 25 procedimientos y únicamente gracias a las denuncias del Partido Animalista o de Protectoras de animales, muy pocas veces se reciben por parte de vecinos, tal y como sucedía en los años 60-70 y 80 con casos de violencia machista, en las que los testigos casi siempre consideraban que se trataba de un asunto interno del hogar en el que no debían interferir. Conste que no comparo a las víctimas, sólo a los testigos.

Los motivos de las denuncias a perros son escalofriantes, casi de película de terror. Por favor, imagínenselo, pónganse en la piel de un cachorro de nombre Pinscher, y piensen que, como tal, está usted dándole todo su cariño al dueño, ese que al principio se deshace en halagos y carantoñas y poco a poco va alejándose por falta de tiempo o lo que sea. Y un día, en un accidente, se rompe la patita. No es consciente de nada, ni siquiera de que con una simple cirugía y un poco de cuidado volvería a ser el que era; sin embargo, su amo no está dispuesto a gastarse un euro en la recuperación del cachorro, así que agarra un bloque de hormigón suficientemente pesado, lo ata a su cabecita y lo lanza al río sin más, a sabiendas de que eso acabará con su vida. Fiscalía pide para ese hombre un año y medio de prisión, o sea que, no irá a la cárcel en ningún caso, por ser su primer delito.

Eso sin hablar de las peleas caninas. Es desolador ver el trato que estos inocentes gladiadores reciben de sus propietarios. Les instigan, les dejan sin comer, con el fin de provocar su agresividad, les golpean e incluso les inyectan esteroides o les cortan las orejas con el fin de que el otro perro, en la lucha, no se aferre a ellas. Durante el tiempo en el que no pelean están encadenados en espacios acotados y cuando lo hacen son los únicos que siempre pierden: si ganan, son obligados a repetir la hazaña una y otra vez y a criar cachorros para su venta, hasta que un día dejan de ser tan fuertes que ceden el testigo de la victoria a otro y son exterminados; en el caso de derrota, muchas veces mueren a consecuencia de las heridas, las hemorragias de sangre y por culpa del abandono de sus propietarios; en otras ocasiones son empleados como carnaza para otros animales. Y cuando no son útiles, se les mata por medio de un disparo, electrocutándoles, ahorcándoles, ahogándoles o incluso haciendo una hoguera para quemarlos.

Estoy seguro de que si alguien nos contara que ha hecho algo así con otras personas nos echaríamos las manos a la cabeza e incluso le temeríamos, pero cuando se trata de nuestra inocente mascota, entonces, parece que no es tan terrible. De hecho, es habitual escuchar eso de: “En vez de defender tanto los derechos de los animales lo que debería hacer Periquito es ayudar más a las personas”. Como si fuera incompatible apoyar a los dos. Y así justificamos incluso el abandono de nuestro cachorro en gasolineras porque nos estorba para irnos de vacaciones, sin tener en cuenta el ejemplo que estamos dando a nuestros hijos…

Todo esto es lo que hacemos a nuestros fieles compañeros, esos que lo único que pretenden es dar y recibir cariño, los que nos acogen en casa a lametones, con movimientos alegres de su rabo y carentes de rencor, de ansias de venganza…esos que juegan y protegen a nuestros hijos, los que nos quieren a pesar de las veces en las que somos injustos con ellos y quienes nos perdonan todo con tal de una nueva caricia.

Si no miramos por nuestros mayores, ni por nuestros vecinos, ni siquiera por las personas cuyo límite intelectual o físico es inferior a la media, cómo vamos a considerar a los animales, ni a las plantas, ni al planeta. Claro que deberíamos reflexionar sobre el tema y pensar que esa falta de tolerancia no es más que un reflejo de lo poco que nos respetamos a nosotros mismos.

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