Nadie te va a salvar

Deberíamos grabarnos a fuego en nuestra mente estas 5 palabras y no olvidarlas nunca: “Nadie te va a salvar”. Tendríamos que repetirlas como un mantra a diario y dejar de esperar la llegada del salvador en un carro de fuego o en un caballo blanco para llevarnos a no sé qué lugar en donde seremos felices para siempre. Habríamos de gritarlas con todas nuestras fuerzas e interiorizarlas. “Nadie te va a salvar” y eso no significa que estemos condenados a sufrir, más bien todo lo contrario.

Nos pasamos la vida esperando que otros hagan aquello que no nos atrevemos a hacer nosotros. Sin ir más lejos, el otro día en el supermercado sólo llevaba dos artículos y había una cola más que respetable, con algunos carros llenos. Me puse el último, como correspondía, pero con la seguridad de que alguien se apiadaría de mí por esperar tanto por tan poco y, ante mi estupor, nadie hizo un gesto para cederme el paso. Pensé que no se habrían percatado, así que traté de mostrar deliberadamente a mis antecesores mis productos para ver si se daban cuenta: meneé las bolsas, hice ruido con el pan, todo en vano; tampoco surtió efecto. Entonces la mujer que iba dos lugares por delante de mí fue a dejar sus artículos en la cinta y puso sus ojos directamente sobre los míos y yo sonreí interiormente: “Ahora sí que sí. Me va a decir que pase delante de ella”. Casi había cogido posición para adelantarme, pero… ¡Qué va! Desvió la mirada, se hizo la suajili y siguió como si nada. Así que tuve que esperar casi 15 minutos para que me cobraran un pan y una bolsa de cebollas, muy necesarias por cierto para la comida de ese día porque si no las hubiera dejado allí y me habría marchado con viento fresco. Salí del establecimiento enfadado, asqueado, indignado por la falta de consideración hacia mí, como si el mundo se hubiera confabulado para fastidiarme personalmente. Claro que tampoco se me ocurrió en ese momento que podía habérselo pedido a la mujer que me precedía, era demasiado obvio darse cuenta de que no era justo esperar tanto por un par de artículos y uno tiene mucha dignidad. En el fondo pretendía que los demás hicieran lo que yo quería sin llegar a pedírselo.

Nos pasamos la vida esperando que nuestra pareja recoja la mesa, que nuestros hijos se porten bien en casa, que en el trabajo se percaten de nuestra profesionalidad, que el Gobierno cubra todas nuestras necesidades, que la familia no nos falle, que nuestros amigos sean conscientes en todo momento de la suerte que tienen porque estemos a su lado y que el panadero nos guarde el pan que nos gusta.

Por otro lado, culpamos a nuestra pareja porque no hace lo que esperamos; a nuestros hijos, porque no comen lo que les preparamos; a nuestros jefes, porque son unos desconsiderados y no reconocen nuestros esfuerzos; al Gobierno, de cómo va el país; a la familia, de que no ha estado siempre ahí cuando la necesitábamos; a nuestros amigos, porque no se comportan siempre como nos merecemos e incluso culpamos al panadero por cambiar la masa de harina de nuestro pan favorito sin consultarnos.

Y entre uno y otro siempre navega la misma cuestión: “Alguien me tiene que salvar”, si no es mi pareja serán mis hijos, mi jefe, el gobierno, mi familia, mis amigos y hasta el panadero. Sentimos que nos lo merecemos todo y al mismo tiempo nos culpamos por no tenerlo. Y ambas mezcladas nos conducen directamente a la infelicidad.

La gran noticia es que nadie nos va a salvar. Y es tan importante porque implica que no tengo que depositar mi confianza en que esto ocurra. ¿Y entonces cómo me liberaré? Lo haré cuando descubra que la respuesta está en mí mismo. No tengo que esperar más a que llegue un líder político carismático que me embauque o un jefe que me valore, porque la única manera de salvarme es a través de mí mismo. No necesito a nadie más, no tengo por qué aguardar más al héroe de la película. Soy yo mismo y para mí mismo.

Es tan sólo una cuestión de elección: se trata de optar por hacernos responsables de nuestra vida, disfrutar de lo que tenemos y trabajar para conseguir nuestros sueños sin culparnos por lo que creemos que nos falta.

¿Y cómo podemos salvarnos? La única forma es cambiar nuestra percepción de la realidad que nos rodea. Yo puedo elegir ver mi larga espera en la cola como un engorro, como un ataque del mundo hacia mí o como una oportunidad para relajarme un rato. Yo soy el único que puede transformar la ira contra mi jefe por no darme ese ascenso que merezco en esperanza porque sé que habrá otra oportunidad en el futuro para la que estaré completamente preparado o en alegría porque era la gota que colmó el vaso y ya no tengo dudas de que lo mejor es dejar el empleo y montar mi propio negocio.

No se trata de ser positivos, sino más bien de ser prácticos. Esperar a un ángel protector sólo nos conducirá al sufrimiento, a la decepción cuando no llegue lo que habíamos imaginado; en cambio, entender que uno mismo es su propio héroe nos lleva a ser responsables de nuestra vida, de nuestras decisiones y cuando no nos gusten, sabremos que podemos cambiarlas y tomar otra dirección. Esa es la única manera de entender la libertad personal. Si tú no te sientes a salvo, nadie te podrá salvar, pero si tú no te sientes condenado, tampoco nadie te podrá condenar.

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