Las Huellas de lo Invisible – Capítulo 5

—Hijo de puta, no te voy a perdonar.

Las voces resonaban como un eco en las frías paredes azuladas de la prisión. Pese a que estaba solo en una de las celdas, Lucas escuchaba perfectamente los gritos amenazadores de Marcos, procedentes de la estancia contigua. Llevaban dos días en aislamiento y mientras que la ira iba retorciendo el estómago del más joven, el recluso más viejo permanecía sentado, en la postura de yoga, con los ojos cerrados y las manos extendidas hacia adelante sobre sus pantorrillas. Las voces no parecían afectarle en profundo estado meditativo.

Marcos se levantó de la cama y golpeó con fuerza las paredes desgajadas, humedecidas y, por zonas, desconchadas, por la ausencia de luz solar, que únicamente se tamizaba a través de un ventanuco enrejado inaccesible, sobre un inodoro roñoso y maloliente. Como un ratoncillo en su laberinto, el chico deambulaba por la habitación sin nada que hacer, incapaz de evitar que la rabia le carcomiera. Se detuvo un instante frente a una de las paredes para leer un mensaje marcado sobre ella con algo puntiagudo, donde podía leerse: «Si estás aquí, estás jodido, chaval». Y lejos de tranquilizarle saber que otros habían pasado por la misma situación que él, el aviso incrementó su desazón.

Todavía no había acabado de aceptar que su novia le hubiera denunciado. Si hubiera tenido la oportunidad de colocarse frente a ella en ese instante, tal vez habría sido incluso capaz de acabar con su vida. ¡Tanto amor desperdiciado! Estaba tan enamorado que llevaba una venda en los ojos. Ahora que lo observaba con perspectiva, se consideraba más que inocente, tonto. Con veintiún años recién cumplidos, la cárcel no era el mejor lugar para aprender a vivir. Tendría que haber entendido que ambos procedían de extractos sociales diferentes, que ella se había criado en un barrio de clase acomodada, con un padre director de sucursal bancaria y una madre ingeniera informática. ¿Y él? ¿Qué era si no el hijo de un parado y una ama de casa?

La conoció con diecinueve años en una discoteca. Él era el típico niño sabelotodo, sin oficio ni beneficio, que vivía con sus padres en un piso destartalado de la zona de Valdemingómez, en Vallecas. Un lugar en el que se había acostumbrado a convivir con la droga desde muy pequeño y donde a los trece años vio cómo un chico de unos veinte disparaba hasta matar a un pobre alcohólico en plena calle, solo porque no dejaba de pedirle un cigarro. Allí, sobrevivir era el objetivo con el que se levantaban cada mañana. Aprendió a liarse un porro con diez años y probó la cocaína con doce. Afortunadamente, nunca estuvo enganchado y ahora, en prisión, se alegraba de ello, porque le hubiera entorpecido aún más su día a día. Su padre era un extoxicómano rehabilitado y tenía dos hermanos, siete y diez años mayores que él, respectivamente. Pese a que de niño les admiraba e imitaba, durante su adolescencia se hartó de continuas órdenes en forma de broncas y eso enfrió su relación. Desde hacía unos años, los chavales habían volado del nido para vivir por su cuenta y apenas mantenían contacto.

Contaba con dos colegas del alma, de esos de los que uno está seguro de que no pueden fallarle y, pese a que en el mes que llevaba encerrado no le habían ido a visitar, continuaba confiando en ellos, o al menos quería seguir haciéndolo.

Adela era una estudiante de enfermería, ajena al mundo que él había conocido. Y aquella noche, en la discoteca, de alguna forma, fue capaz de llamar su atención y conquistarla. La vida dejó de ser gris para Marcos y registró colores hasta entonces recónditos. Y empezó a trabajar de chófer para Uber, una de esas empresas que se han convertido en una especie de compañías de taxis, a un precio más asequible y sin necesidad de los permisos oficiales. Durante algunos meses, el sueño de una vida diferente se hizo realidad. Después, todo empezó a torcerse. Y no por falta de amor, sino más bien al contrario. Sentía que quería darle más de lo que podía, que merecía el cielo y solo estaba capacitado para ofrecerle una estrella. Así que cuando uno de sus colegas le propuso el atraco a la gasolinera, no le pareció tan mala idea. Por supuesto que no se lo contó, la hubiera puesto en un compromiso, pero sus amigos le habían asegurado que con ese único golpe obtendrían varios miles de euros si lo planificaban para el día en el que el dueño hubiera acumulado la recaudación. Javi, uno de sus colegas, había trabajado allí y convenció al resto.

—El capullo del jefe guarda el dinero en una caja fuerte que está hecha polvo. Con unos golpes se abre. El hijo de puta es tan agarrado que no quiere gastarse un euro en comprar otra. Se merece quedarse sin nada. Además, la última semana de cada mes pasa por allí, personalmente, para recoger las ganancias y se lleva los fajos de billetes en el bolsillo, como si no temiera que se los fueran a quitar los trabajadores.

Dadas las circunstancias, Marcos y sus colegas consideraron que se trataba de un golpe fácil, sobre todo visto con ojos de tres veinteañeros. Así que, después de meditarlo, se enfrascaron en un plan al cual no le veían ninguna fisura. Se calzaron un pasamontañas, como los de las películas, y portando la réplica exacta de un revólver que obtuvieron en el mercado negro, a sabiendas de que en caso de que les pillaran con un arma real aumentaría la condena, se dirigieron en un coche sin matrícula hacia la gasolinera con más nervios que ilusión.

Todavía recordaba la cara de tonto que se le quedó al dependiente cuando entraron los tres, como si fueran los miembros de una banda organizada, en mitad de la noche. Jorge, demasiado abstraído en su papel, descargó un disparo que el dependiente creyó real, antes de acercarse hasta el mostrador.

—Chico, es mejor que no te muevas ni hagas nada. Solo queremos llevarnos el dinero.

—Yo no tengo la llave, no sé dónde está.

—Déjate de historias, que estamos al tanto de todo.

Marcos fue directo al lugar en el que sabía que estaba el botín, extrajo un martillo de la parte trasera de los pantalones y aporreó la caja sin piedad. Necesitó unos cuantos golpes, pero el resultado deseado no tardó demasiado en llegar. La cerradura cedió y su compañero se dispuso a recoger emocionado los fardos de euros, billetes de veinte, cincuenta e incluso cien. Antes de abandonar la gasolinera, Jorge volvió a dirigirse al dependiente:

—Espera al menos quince minutos a llamar a quien quieras. De lo contrario, nos vamos a enterar e iremos a por ti. No te creas que somos idiotas. ¡Cuidadito con lo que haces!

Salieron pitando hacia el coche y desaparecieron hacia la penumbra con la tranquilidad de que el muchacho no haría nada, no se arriesgaría por un viejo ávaro al que odiaba. De hecho, aparentemente nadie les siguió en su huida.

Guardaron las ganancias en el coche sin matrícula, que apartaron de las calles, pensando que era el mejor sitio para que nadie husmease, y al día siguiente se reunieron como si fueran niños con zapatos nuevos. Se abrazaron, se emborracharon y repartieron las cantidades: cinco mil euros para cada uno. ¡Ahí es nada! Gracias a que todavía quedaban seres incautos y confiados, capaces de amontonar tanto billete al alcance de sus manos.

Todo pareció ir bien. Marcos tenía claro en qué gastaría su parte: en un viaje para él y Adela a Tailandia. Se lo había prometido tantas veces que había llegado a parecer una utopía más que un sueño conjunto acariciado y, finalmente la puerta se había abierto de par en par para los dos. Se embarcaron en esa aventura pese a que ella no dejaba de preguntar acerca de cómo había obtenido esa importante suma. Él, al principio, le explicó que lo había ahorrado, que un tío le había regalado una parte, pero a ella no acabó de cuadrarle la explicación. Una vez en Tailandia, con el regusto de la brisa marina y bajo el cobijo de varios mojitos, Marcos tuvo un impulso de sinceridad y se lo confesó. Su reacción fue inesperada; se enfadó, discutió y después de varias horas de conversación, pareció convencerse y perdonarle. Ella se calmó y pudieron disfrutar de los días que quedaban sin más sobresaltos.

Lo que el chico desconocía era que en su fuero interno ella no había cambiado de parecer, a tenor de la forma en que se precipitaron los acontecimientos. Llegaron un martes por la mañana y esa misma tarde, cuando aún no había perdido la sonrisa tonta de los labios por lo mucho que había disfrutado del viaje con su enamorada, llamaron a la puerta de su casa y, ante él, aparecieron dos agentes de policía que le leyeron sus derechos y le detuvieron, sin más. Se quedó tan petrificado que ni siquiera fue capaz de asimilar lo que le estaba sucediendo. Fue un par de días más tarde cuando su propio abogado de oficio le confesó que había sido Adela la que les había contado a sus progenitores lo del robo y, acto seguido, le había denunciado a la policía, bajo instrucciones expresas de ellos.

Todavía no había sido capaz de digerir una traición de tal envergadura. El desconcierto y la sorpresa habían dado paso a la rabia y esta al odio más absoluto hacia la chica que unas semanas antes había alojado su corazón. Por momentos, la amargura se apoderaba de él y solo quería llorar, pero en otros instantes, como aquel, encerrado en una celda de aislamiento, volvía a imaginar que la golpeaba hasta acabar con ella. Y como esa posibilidad estaba fuera de su alcance, se conformaba con arrojar su ira hacia el que tuviera más a mano, en este caso, hacia ese tal Lucas contra el que le previnieron porque decían que era una especie de brujo, que hacía vudú, que nadie se atrevía a acercarse a él, que era raro y peligroso.

Un hombre cuyo halo de leyenda se había iniciado unos meses atrás, según le habían contado a Marcos, cuando alguien le golpeó en la cabeza y él solo acertó a responder: «Al único que haces daño es a ti mismo». Aquella misma tarde, su agresor falleció de sobredosis. Una semana después, un amigo del muerto, que le consideraba culpable, le asestó un par de puñaladas por las que fue ingresado en enfermería durante dos semanas, sin que rozaran siquiera los órganos vitales. Y justo el mismo día que salió del módulo de enfermería, su agresor aparecía colgado en su celda. Imposible pensar que hubiera sido Lucas porque había pasado la mañana entera rodeado de médicos y vigilantes en el módulo sanitario, mientras que el supuesto suicida se encontraba encerrado en su celda.

Es verdad que en prisión no es extraño que se produzcan suicidios o accidentes relacionados con la droga, sin embargo, ahí fue donde se fraguó la leyenda de que este preso era maligno, el demonio; de hecho, estaba encerrado por haber matado a cinco personas, a sangre fría, en sus propias casas. Así que, Marcos consideró que si se enfrentaba a él podría ganarse el respeto de los demás y, por añadidura, liberaría parte de esa rabia contenida. Por desgracia, no le habían permitido mostrar toda la violencia de la que estaba dispuesto a hacer gala frente a aquel cincuentón que le miraba con ojos de soberbia, como si fuera más que él. No le daba miedo, no creía en esas patrañas de las brujas o los demonios.

El sonido de unas llaves en el orificio de la cerradura contigua a la de su celda interrumpió sus pensamientos. Trató de escuchar, ya que no podía ver nada y las palabras del funcionario le devolvieron esperanza.

—Lucas, ya puedes salir. Y que sea la última vez que te metes en una pelea.

Marcos oyó los pasos en el pasillo exterior y pensó que a él le sacarían también de allí, pero notó cómo pasaban de largo.

—¡Oiga! Si se lo llevan a él, también debería salir yo.

—A ti todavía te queda algún día más.

—¿Por qué? No es justo.

—Y como no te calles, aún se alargará más tiempo.

Marcos cayó hundido en el suelo, tapándose la cara con las manos, como si alguien pudiera ver sus lágrimas desesperadas, por estar allí encerrado, por no recibir un trato igualitario, por haberse dejado coger, por haber confiado en su novia, por haber tomado la decisión de robar para hacerla a ella feliz, por tener una familia tan insolvente, por no recibir ayuda de sus amigos, por no haber tenido dinero, ni oportunidades, por no ser feliz, por no ser nadie.

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