Las Huellas de lo Invisible – Capítulo 2

CAPÍTULO 2

 

—¡Eh, tú! Dame tu comida.

La orden procedía directamente de Marcos, un joven fornido y alto, vestido con una camiseta de tirantes que permitía atisbar unos músculos ostensiblemente desarrollados en cuya superficie despuntaban diversos tatuajes, entre ellos, una serpiente, una cara femenina, un corazón y el símbolo del ying y el yang. Sonreía dejando entrever unos dientes blancos y bien formados.

En el comedor, las miradas de los reclusos de ese centro penitenciario se giraron al unísono para fijarse en el joven de pie, así como en el hombre sentado, con ligeras arrugas en la piel, cabello largo y grisáceo, mediana estatura y que aparentaba unos cincuenta y cinco años. Algunos vigilaban la garita de entrada para auscultar a los distraídos guardias y atestiguar si se percataban de lo que columbraban que estaba a punto de suceder.

—¡Quédatela! Te hace más falta que a mí.

La serenidad con la que el hombre más mayor pronunció esas palabras con un ligero acento sudamericano no sorprendió al resto de comensales, acostumbrados a su discurso siempre medido. Lo que, en realidad, les intrigaba era la reacción del nuevo, un impetuoso toro bravo que acababa de recalar en el módulo de respeto, después de pasar los primeros días en el de ingresos. Por su parte, Lucas, el hombre al que increpaba, llevaba cinco años fuera de aislamiento, donde había vivido la mayor parte de los primeros treinta de su condena. Veinticuatro horas al día en solitario, encerrado en una estancia sin compañía y con una única hora para airearse en el patio. Pese a que siguiera siendo considerado como un recluso de primer grado, salir de aquella reclusión para poder interaccionar con el resto de los internos, en aquel módulo de respeto de la cárcel de Albolote, en Granada, le parecía un privilegio. De hecho, se había ganado la fama de ser uno de los más pacíficos y tranquilos de todo el módulo trece.

La actitud retadora de Marcos frente a su compañero respondía a una discusión previa con otros reos acerca de Lucas. ¿Hasta qué punto de sumisión llegaría aquel extravagante preso? Él se mostró dispuesto a descubrirlo.

—¿Por qué no me das también tus zapatillas puto payo pony? Es que estoy cansado de ponerme las mías…

Sin un destello de duda, Lucas se acuclilló para desasirse los cordones antes de acceder a sus deseos. Al mismo tiempo que las depositaba ante él, le hablaba con afabilidad.

—Espero que te sirvan. Veo que te gustan los tatuajes. ¿Sabes lo que significa ese del brazo?

—¿Tú eres gilipollas, o qué? Dame tu reloj.

—Por supuesto, la verdad es que no me hace falta. Como comprenderás muy pronto, el tiempo no existe.

—¿Tú de qué vas? ¿De filósofo? ¿De cura? ¡Menudo gilipollas! No hay nadie a tu lado, ¿no ves que la gente pasa de tus movidas? ¿Sabes qué? Que no quiero tu comida, que seguro que me enveneno.

Marcos lanzó la bandeja con tal fuerza que fue a parar al suelo tras golpear el cuerpo de Lucas, mientras que algunas risas espontáneas resonaban en el recinto. Sin el menor signo de alteración, el hombre se agachó para recoger los garbanzos y parte del caldo con sus propias manos y ayudado por una cuchara comenzó a devolverlo al plato.

—¿Es que te los vas a comer todavía? Serás cerdo…

El fornido joven aplastó con su pie los garbanzos que todavía no había recogido y le propinó una patada al plato, todavía en manos de Lucas, rompiéndolo y ensuciando por completo su ropa, antes de golpearle con el pie en la barriga, obligándole a doblegarse momentáneamente de dolor.

De nuevo algunas risotadas rasgaron el silencio durante los escasos segundos que ambos permanecieron parados, mientras que los guardias continuaban ajenos al desaguisado. Poco a poco, fue incorporándose hasta que se levantó y dando la espalda a su interlocutor caminó hacia una puerta.

—¿Dónde cojones vas?

—A limpiar eso. No lo vamos a dejar así.

—Serás subnormal.

Fuera de sí, el chico avanzó hasta llegar a su altura y le golpeó inclemente, alentado por algunos presos, que ya de pie, jaleaban y hacían burlas, frente a otros que trataban de ocultarse. Los vigilantes, finalmente se percataron del tumulto y se apresuraron a separar a ambos contrincantes, pese a que uno era el que pegaba y el otro únicamente se limitaba a recibir los golpes.

—¿Qué coño pasa aquí? ¡A aislamiento los dos! Sois un par de capullos.

Mientras se los llevaban, Marcos se dirigió por última vez a Lucas.

—¿Qué es esto, me preguntas? El ying y el yang, el símbolo del equilibrio. Y hasta que no te mate no voy a obtenerlo, que lo sepas.

Con la cara ensangrentada y asistido por un guardia que lo portaba a rastras, el hombre elevó la cabeza y simplemente sonrió.

—Lo sabía. Estás en el camino. Me alegro por ti. Estoy aquí para ayudarte.

—Ah, ¿sí? Pues, ve cortándote las venas en aislamiento y me ahorrarás el trabajo.

El eco de las carcajadas de los presos interfirió entre los gritos de los funcionarios que les llamaban al orden.

En un rincón de la prisión, en una de las mesas más alejadas, varios reclusos se miraban entre ellos y cerraban los ojos de impotencia. Era evidente que se lamentaban de lo que había ocurrido, tal vez porque ese hombre apaleado les despertara cierta simpatía, pero el hecho de que ninguno de ellos alzara un solo dedo para defenderle de su agresor, que caminaba nervioso hacia una celda de aislamiento por delante del otro, se podía traducir como un efecto del temor que despertaba ese enigmático interno. Un miedo irracional no solo por el delito que se le imputaba, sino especialmente por su extraña actitud de continua indulgencia y condescendencia hacia los demás, a la cual no encontraban una explicación lógica.

One thought on “Las Huellas de lo Invisible – Capítulo 2

  1. A veces la inteligencia. La sabiduria. El controlar la situacion a pesar del miedo es mejor que enfrentarte a quien busca en ti lo que el pretende. Y sin darse cuenta y muy a,pesar del que te agrade…el mas pequeňo de alma pero grande de corazon…ganara la batalla mas cruel que vio venir por parte de quien le increpaba. Palabras. Entendimiento.

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